Qué benigna es la libertad de expresión. Qué provechosos resultan los derechos universales. Qué abarcadora es nuestra mentalidad liberal. Desde hace unos días asistimos a una esmeradísima mise-en-scène de la posmodernidad: Argentina discute la aprobación del matrimonio gay. En esta ejecución teatral me siento contrariado por la presencia de un argumento abusivo: “todos tenemos los mismos derechos”. ¿Acudimos a una falacia o es sólo mi impresión?
Si bien todas las personas comparten la dignidad humana, tienen diferencias que, al menos para mí, son evidentes. Hay varones y mujeres, ricos y pobres, flacos y gordos, argentinos y japoneses… No estoy seguro del momento en que la sociedad dejó de llamar las cosas por su nombre. Solo sé que, de pronto, canjeamos un puñado de certezas por montones de dudas.
Bajo la narcotizante sobredosis de datos, nuestro cerebro ha dejado de procesar. Blogs, videos en Youtube, comentarios en Facebook, diarios digitales e impresos, televisión y radio: las múltiples plataformas se prestan a recopilar los dichos de opinólogos sin licencia. La producción de comentarios sin asidero no cesa y cuanto más difusos se vuelven los límites del debate, mayor cantidad de actores aparecen en escena. Los medios hacen proliferar pujas gastadas y los implicados parecen seguir un monólogo sordo para defender sus posiciones.
Como dice el dicho, “el que mucho abarca, poco aprieta”. Dado que me interesa el tema, preferiría abordar el que, a mi juicio, es el eje central del debate. Es menester determinar qué entendemos por matrimonio. Según me enseñaron, se trata de la unión entre un hombre y una mujer. Esta unión permite formar una familia y, eventualmente, tener hijos.
La palabra matrimonio proviene de dos latinismos: matrem (madre) y monium (calidad de). Tal vez sea una obviedad aclarar que en la unión de personas de distinto sexo no existe una madre. Alguien podría objetar que mi razonamiento no se aplica a parejas de lesbianas. Sin embargo, aunque una de las partes recurriera a la fecundación asistida (como lo es la fecundación in Vitro), la otra no formaría parte de la procreación.
Espero que mi proceder sea claro. O el matrimonio es la unión entre personas de distinto sexo, o es la unión entre personas del mismo sexo, pero no las dos cosas al mismo tiempo. Me gustaría ilustrarlo con un ejemplo infantil: todos sabemos qué es una “mujer” y todos sabemos qué es un “varón”. Si no fuese así, si no existiese distinción de género, sencillamente bastaría con una sola palabra.
Con el matrimonio ocurre lo mismo: designa una realidad concreta. Pero para no caer en el reduccionismo y en posiciones anquilosadas, debo reconocer que esa unión entre un hombre y una mujer puede ser muy distinta en la práctica, al punto de que muchos heterosexuales se unen sin contraer matrimonio.
Sin embargo, el matrimonio gay no es una mera cuestión semántica. Si fuese tan simple, estaríamos ante un cuadro médico: una sociedad incapaz de designar unívocamente la realidad. Es decir, una suerte de daltonismo o dislexia social. En cierto punto no estamos tan alejados de ésta patología; el masaje constante de la posmodernidad nos acostumbró al relativismo y, ahora, discriminar (seleccionar) es un delito.
“Es mi ética”, “es mi punto de vista”, “para mi, no está mal”, son frases que se suceden en nuestras conversaciones cotidianas y ante las cuales nos paralizamos. Es una tragedia callarse ante una falacia semejante. De pequeños desarrollamos una capacidad analítica mínima que nos permite diferenciar los elementos de la realidad. ¿Por qué la pondríamos en duda ahora?
Respeto a los homosexuales, transexuales y lesbianas, pero se diferencian de los heterosexuales. Repito: no es lo mismo la unión entre personas de distinto sexo (matrimonio), que la unión entre personas del mismo sexo. Percibir las diferencias es el primer paso para aceptar a los demás tal cual son.
Acudimos a un intento por quebrar los valores que guían a la humanidad. La sociedad se está quedando dormida bajo el suave arrullo de una mentalidad que invita a probarlo todo so pretexto de romper con las ataduras que nos impiden alcanzar la “felicidad”. Este panorama amenaza con acrecentar el sinsentido, incluso en aquellos que hoy se jactan de haber avanzado en la igualdad, cual seudos Rosa Parks.




Sonó una campana larga, eran las 16:20 y el locutor anunciaba el desenlace entre diez jinetes del CHA, muchos de ellos militares formados por la tradición hípica del ejército. Algunos visitantes salieron de un bar cercano para unirse a los espectadores. Los que se habían relajado en sus asientos, se irguieron. Durante unos segundos nadie habló.